sábado, 29 de mayo de 2010

Como sabíamos, hoy me tenía que levantar (demasiado, para mi gusto) temprano. Fue así que a las 9:30 ya me tenían con los ojos entre abiertos, puteando. Llovía, cómo llovía por favor. Esas lluvias que te traen reflexiones un poco deprimentes, te hacen pensar  “Esto es como en Londres” aunque nada que ver.  Entre pensamientos que desprende una mente media dormida, me cambié. Me puse una remera, una polera, un buzo negro, unos jeans y mis Vans Old Skull llenas de barro. Me tiré el pelo para atrás y me pinté los ojos, para echarle la culpa de mis ojeras, a la pintura. Fui, en auto. Gracias a una serie de reclamos que le hice a mi papá, que no me quería llevar. HOMBRE: ESTÁ LLOVIENDO. Pero no fue gracias a mí que logré que me llevaran, sino que fue acción de mi mamá. Una vez, gracias. Llegué a la particular, había gente, no habían terminado. ¿Hola? Te llamé y me dijiste que podía ir a esa hora, si podía ir: ¿por qué hay gente, siendo mi hora? Cara de culo + “Hola” a los que estaban ahí. Me miraron con cara de “a vos te conozco… pero no sé de dónde y tampoco me interesa”. Bueno chicos, me conocen de la escuela. Me senté donde la flaca me indicó, 10 mins haciendo nada (que después me cobra a mí) hasta que terminó. Me explicó e hice un par de ejercicios, boludez. Volví a mi casa y nos fuimos al shopping. Dimos una vuelta, fuimos al súper, dimos otra vuelta, fuimos a comer. Mi hermano terminó de comer y ya se quería ir. Le dije a mi mamá: “Quiero mirar un poco, no seas así (quiero fichar algo para pedirte)”. “Bueno, dale, yo también quiero mirar” y ellos ya pusieron cara de “no quiero, ¿no me vas a preguntar?” No, no. No me interesa. Los hice dar varias vueltas, hasta que se empezaron a quejar. “Andate” le dije a mi papá. “Si se quedan un rato, nos quedamos” dijo. Le respondí: “No, vos te querés ir, andate” haciéndole un gesto tipo bollito con los dedos. Me contestó: “Bueno, bueno, nos vamos” y se lo llevó a mi hermano. Boludeamos con mi mamá dando vueltas y vueltas, y le propuse entrar a Mc Station para toquetear. Había un piano enchufado a esas computadoras tan geniales que quiero. Mi mamá sabía/sabe tocar piano, tocó algo de Beethoven, creo. Me quedé con cara de asombro, nunca la había escuchado tocar nada. Nunca había notado de ella ningún tipo de “amor al arte”. Tal vez su amor a la lectura, sí. Pero a la música, no. Tocó algún botón que no tenía que tocar, empezó una música y se puso toda roja porque no la podía apagar. “¡Flor!”. “¡¿Qué hiciste, boluda?!” “No sé (vergüenza), toqué algo(más vergüenza)” “Jaja bueno, vamos a decirle a la mina… Ey, tocó algo y no lo sabemos apagar –cara de no entiendo nada de la vida-“ “No se preocupen, a ver… listo; no era difícil ¿eh? jaja”. Y nos empezó a explicar todas las funciones de casi todas las máquinas, me quedé re asombrada. Mi mamá se re aburrió y ponía cara de “entiendo… no mentira”. Así fue que me enamoré de una pc que no tenía cpu, la cpu estaba incluída en el monitor. Una maravilla. Después de este show blanco (vieron que Apple tiene muchísimos equipos blancos, me encanta) nos fuimos a tomar algo. Pedí un té, ella un cortado suave. Nos pusimos a charlar, amablemente. Me contó cuando estaba de novia con mi papá, cuando entró a trabajar, cuando faltaba plata en casa, cuando recibió su primer sueldo, cuando por una de estas locas casualidades descubrió el lugar de donde ahora trabaja, me describió los nervios que tenía cuando rindió su última materia, etc. Cosas que le preguntaba, re directamente, y nos derivaba a muchísimas pelotudeces más. Esas conversaciones  interesantes que te tocan, a veces, con tu vieja. Llovía y estábamos tan al pedo que nos quedamos un rato más. Terminamos yéndonos de ahí a las 5.15. Habíamos estado ahí ya desde las 12. Un poco mucho, me dolía la espalda. Me quería ir a mi casa. Nos tomamos un taxi, con la lluvia en nuestras cabezas. No hablamos en el taxi más que de “Acordate de que tenes que estudiar”, y esas cosas que tanto me enervan.  Llegamos a mi casa y me puse a hacer la tarea, me desesperaba, mucho. Pero mi mamá con su santa paciencia me calmaba y me decía que pare. Que basta. Le reclamé que no me había comprado los libros que le pedí en la librería y me tiró un “No quería gastar” y le respondí un “Pero yo lo quería”. Me dijo “Terminá Chubasco” y así, cuando termine LA MIERDA de tarea, terminé Chubasco. Qué buen libro. En fin, ese fue mi día. Me alegro de la vida y me quiero morir por no tener a alguien pendiente de mí. Chau.